Firma: Usamat Hamud
Foto tomada de DDC
«Podré olvidarlo todo menos
aquel día en que salí
de mi casa
para nunca más volver».
Esa sensación de vuelo incierto sin billete de regreso no es exclusivamente mía. Es la de millones de cubanos que desde el 1o. de enero de 1959 no satisfechos con el nuevo destino de la isla vieron un solo camino: el exilio (así se llamaba entonces).
Al principio fue de manera escalonada (los ricos primero); luego año tras año fue siendo sucesiva, abrupta, arriesgada, a veces violenta, en ocasiones masiva; también ha sido tramposa, fugitiva y de mil y una formas inimaginables ni por el más sofisticado realismo mágico. Situación ésta extendida en el tiempo por más de 60 años sin distinción de economías, posiciones sociales, profesiones ni clases.
Desde que el mundo es mundo las personas han emigrado, primero de unas tribus a otras, o echándose por caminos inciertos, o haciéndose a la mar en pos de nuevos horizontes.
Lo hacían con el afán de mejorar sus vidas, prosperar, conocer otros mundos. Pero embalarse en un paquete de Seur para auto enviarse a Miami, engancharse a la escalerilla de un avión para llegar a España (8 horas de vuelo y temperaturas insobrevivibles) o subirse a una rueda de camión sin timón ni timonel, eso, hermanos míos, es patrimonio cubano; del cubano pobre y del no pobre. Del cubano desesperado, un estado mucho más peligroso y destructivo que el de la pobreza.
Hablo del cubano que prefiere morir que seguir viviendo en Cuba.
Los cubanos huyen. Y HUIR no es EMIGRAR, huir es escapar.
Por eso es que tantísimos cubanos NO nos sentimos emigrantes sino exiliados, expatriados.
Emigrar es intentar preferentemente por vías legales irnos a otro país (sin obviar la emigración ilegal que es también emigración); emigrar es decir adiós sin mirar atrás y sin el miedo a que aquella palabra que dijimos o aquellas «amistades peligrosas» con las que nos reuníamos a » gusanear» nos
vayan a frustrar el plan.
Con el tiempo sobrevino otra forma de salida con el soterrado plan del no retorno: ir de visita al extranjero previa carta de invitación si algún familiar nos pagaba la ida, la estancia ¿y la vuelta?
A veces sí, algunos – los menos- – por razones diversas regresaban a Cuba.
Para salir de visita a otro país una vez que se nos concedía la visa de entrada o lográbamos otra ciudadanía comenzaba el calvario de los permisos. Si lográbamos, por ejemplo, ciudadanía española, teníamos entrada libre a España, nos convertíamos en hijos de España con todos los derechos, pero Cuba no nos reconocía ese estatus, con lo cual seguíamos en las mismas. Luchando para poder salir. Papeleando. Todos los cubanos de antes y de ahora andan con una carpeta llena de papeles bajo el brazo. Casi siempre para lo mismo: volar.
Una vez encaminados los trámites teníamos que notificar que queríamos irnos del país, solicitar permiso de salida y según nuestra profesión, ocupación laboral o simplemente por maldad, podían decirnos sí o no. Ipso facto nos convertíamos en apestados.
Eso sin contar que a ciertos profesionales (los médicos, por ejemplo, salvo raras excepciones) se les negaba la salida. Ni siquiera se les permitía salir de visita por temor a que no volvieran. Que sin dudas era lo más probable
¿Dónde se ha visto algo parecido? ¿Ese «probable quedado» qué sería ¿un emigrante o un exiliado?
Ese » probable quedado» así como aquellos primeros que se fueron por distintas vías no podía volver a entrar a su propio país. Y como no les parecía suficiente al régimen comunista cubano, la familia del » traidor » era repudiada, asediada e impedida de ser autorizada para la reunificación familiar ensañándose sobre todo con el personal sanitario o con cualquiera que hubiera tenido algún cargo de responsabilidad.
Repito la pregunta: ¿emigrantes o exiliados?